BEISBOL 007: A dos grados de Roberto Clemente

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lunes, 4 de febrero de 2013

A dos grados de Roberto Clemente


Roberto Clemente


El joven de 12 años de edad había bateado jonrones anteriormente, y el primero fue muy memorable, por la forma en que rompió el parabrisas de un camión estacionado más allá de la verja del jardín izquierdo. Pero el jonrón que conectó en San Juan, bueno, éste realmente se le quedaría grabado en la memoria.

Había escalado en los niveles de competencia, jugando contra niños mayores y mejores que él, y con el fin de jugar en el torneo de San Juan, Puerto Rico, tuvo que dar uno de los primeros viajes significativos de su vida. Y el hecho de que el torneo llevaba el nombre de Roberto Clemente, el veterano estrella de los Piratas de Pittsburgh, realmente significó mucho para él. El joven de 12 años ya tenía un sentido de cuánto había significado Clemente para otras personas -- no sólo por la forma en que jugó el béisbol, con su carrera de 3,000 hits, sino por cuán dado era y lo mucho que le importaban los demás, que fue la razón por la que estaba a bordo del avión de víveres que cayó en la víspera de Año Nuevo en 1972.

Uno de los mejores amigos de Clemente era Manny Sanguillén, el receptor de los Piratas, que tenía 28 años de edad en el momento de la muerte de Clemente. Los biógrafos han detallado cómo, a raíz del accidente que tomaría la vida de Clemente, Sanguillén visitó las aguas donde el avión había caído y buscó alguna señal de su amigo en los alrededores en repetidas ocasiones. Al ver a los tiburones, Sanguillén se entristeció profundamente.

Tenía sentido que Sanguillén asistiera al torneo de béisbol Clemente en 1999 para ver al joven de 12 años de edad conectar aquel jonrón, y Sanguillén había reaccionado de la manera que siempre lo hace -- con alegría ruidosa. Se regocijó con júbilo por el jonrón, y le dijo al joven que el pitcher nunca le lanzaría otra recta. No, dijo Sanguillén, a partir de entonces el joven de 12 años de edad sólo vería lanzamientos en curva, palabras que el niño recordaría por mucho tiempo.

Años más tarde, un hombre joven se acercó a Sanguillén y le recordó al ex receptor sobre ese torneo en San Juan, y cómo había bateado un jonrón y cómo Sanguillén había bromeado acerca de cómo, desde entonces, solamente vería curvas. Sanguillén no recordaba ese momento como tal, y no se acordaba específicamente del joven de 12 años de edad en el torneo Roberto Clemente. Pero para ese entonces, Sanguillén -- un miembro querido de la familia de los Piratas -- estaba muy consciente de quién era ese hombre joven frente a él.

Su nombre es Andrew McCutchen.

El jardinero central de los Piratas relató esta historia el sábado, en su ciudad natal de Fort Meade, Florida, una ciudad construida sobre las duras jornadas de trabajo de los mineros de fósforo. McCutchen organizó un evento para niños en los predios del terreno en los que había jugado cuando era niño, en la esquina de la calle 9 Noreste y Edgewood. En 2011, el primer año del evento -- llamado Raising The Standards -- unos 75 jóvenes se habían inscrito, y este año, esa cifra se elevó a un poco menos de 200. McCutchen trajo consigo a dos de sus compañeros del equipo de los Piratas, Neil Walker y Pedro Álvarez, quienes fueron de jardín en jardín a trabajar con los niños que parecían tener entre unos 5 y 15 años.

McCutchen se pasó de un grupo a otro. Habló de varios fundamentos, de la manera de perseguir un imparable, de cómo reducir el ritmo de los pasos al acercarse a la pelota con pasos entrecortados. Habló de cómo atrapar un elevado con las dos manos sin obstruir la vista.

Mientras McCutchen observaba el terreno, un niño de unos 12 años de edad lanzó un tiro que voló sobre la cabeza del entrenador, y era fácil ver en el rostro del niño que en ese momento -- al hacer ese tiro delante del hijo más famoso de la ciudad -- estaba profundamente molesto. El niño corrió cabizbajo hacia el fondo de la fila, y McCutchen lo siguió.

"Ey, eso está bien -- tienes un brazo fuerte", dijo McCutchen. El niño, que había llegado al final de la fila, miró hacia arriba. "Eso me pasó a mí en un juego", confesó McCutchen, y le contó la historia de cuando atrapó la pelota y realizó un tiro tan alto que voló sobre todo el mundo. "Y tenía a 40,000 personas abucheándome". Luego McCutchen imitó el abucheo que había escuchado -- "buuuuuuuuu" -- los niños que pudieron escucharlo se echaron a reír, incluso al joven de 12 años de edad que había hecho el tiro.

"Está bien", dijo McCutchen nuevamente, y al terminar la mañana, le había contado a los jugadores sobre cómo midió mal un elevado, cómo dejó que un sencillo le pasara por el lado y prácticamente cada error que ha cometido en un jardín de béisbol.

A medida que el evento llegaba a su fin, McCutchen se sentó en una mesa detrás del plato, bajo el cálido sol de Florida, y firmó cada objeto que le fue entregado de una larga fila que se extendía hasta la esquina del jardín izquierdo desde el comienzo.

McCutchen conoce bien la historia del béisbol, ha oído hablar mucho de Clemente y ha pensado mucho sobre el legado de Clemente en Pittsburgh y en otros lugares. Cuando la gente habla acerca de Clemente y Stan Musial, señala McCutchen, en realidad no hablan tanto de lo grandes que fueron como peloteros o sobre estadísticas específicas. Lo que todo el mundo habla, dice McCutchen, es sobre las buenas personas que fueron Clemente y Musial, y cómo impactaron a otros.

McCutchen creció idolatrando a Ken Griffey, Jr., pues le gustaba su estilo y su juego, y en honor a Griffey, usó el número 24 en las menores. Cuando fue llamado a las Grandes Ligas, el número 24 no estaba disponible, ya que su compañero de equipo Delwyn Young lo pidió primero.

McCutchen eligió el número 22, y ese le gustaba también. Se sentía bien de usar el número que le sigue al 21, el número de Roberto Clemente.
BUSTER OLNEY  / ESPN

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